Reflexiones de un observador de la naturaleza
Reeves es un científico de primer
nivel y uno de mis divulgadores favoritos. Admiro su gran capacidad de
transmitir conocimiento de forma amena creando interés por saber más y
agradezco la generosidad con la que comparte las reflexiones de su excepcional
mente.
Me complace especialmente la
forma en que Malicorne está escrito, su
coherencia armoniosa con el contenido trasmitido. Impregnado de lirismo, refleja
perfectamente los conocimientos y la sensibilidad de su autor. Reeves nos trasmite sus meditaciones sobre el cosmos,
el ser humano y él mismo, sobre la ciencia, el arte y la religión, hilvanados
como el relato de las reflexiones producidas por la contemplación en sus paseos
de la naturaleza más cercana a su lugar de residencia, de donde toma el título.
El subtítulo “Reflexiones de un
observador de la naturaleza” condensa magníficamente la extensión y
profundidad de su contenido.
Según el propio Reeves, Malicorne está dedicado a “las relaciones entre ciencia y cultura;
entre lo que se sabe y lo que se hace”. En su primera parte explora cómo la
visión científica y la visión poética del mundo, lejos de excluirse, se
integran para percibir su verdadera riqueza. La segunda hace un repaso de cómo
a lo largo de la historia ha ido cambiando la forma en la que el pensamiento
científico ha considerado la libertad y la creatividad hasta llegar a la
reconciliación de los científicos contemporáneos con ambos conceptos. La tercera
parte desgrana reflexiones sobre cómo los conocimientos científicos aportan
nuevos matices al contemplar algunas actividades humanas como la creación
artística, la legislación y el pensamiento religioso.
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© Pierre Kitmacher en www.hubertreeves.info |
Una de las ideas sobre las que
Reeves hace más hincapié es el aumento de la complejidad que caracteriza a la
evolución del cosmos. Subraya como claves para entender esta evolución la elaboración
de las teorías del caos determinista y el descubrimiento de la expansión rápida
y del enfriamiento del universo; la expansión es demasiado rápida para
preservar los estados de equilibrio, que son estériles; son los desequilibrios
los que posibilitan al cosmos enriquecerse en diversidad.
Reeves, reconciliando azar y
necesidad como ambos indispensables para el crecimiento de la complejidad, presenta un cosmos sometido a leyes
deterministas e invariantes que pueden producir resultados diversos y dan
opción a la creatividad. Esta indeterminación parcial de la naturaleza hace posibles
las condiciones para crear lo inédito.
Recuerdo con deleite el impacto
que me produjo la introducción que Reeves hace de algunos conceptos básicos
como “sensibilidad a los datos iniciales”,
“dependencia lineal y no lineal” y “horizonte predictivo” utilizando de
forma magistral un ejemplo supuesto de tres relojes con distintas precisiones.
Fue mi primer contacto con el caos determinista que cambió profundamente la
forma mecanicista de ver la realidad que me llevé de mi paso por el instituto y
las ideas de exactitud, certidumbre e infalibilidad, de las matemáticas en
particular y de la ciencia en general, que dejaron mis estudios universitarios.
En el análisis que Reeves hace de
la inserción de la creación artística en la trama de la evolución cósmica me
parecen muy interesantes las analogías que establece entre ambas hasta
presentar al artista como un “obrero”
de la innovación al servicio de la naturaleza; como el mecanismo que utiliza para
prolongar su actividad creativa. Reeves presenta el concepto de “belleza” como una experiencia íntima
entre el yo y el universo: “al universo
le debo la posibilidad interior de admirar la belleza y los elementos exteriores
de belleza que admirar”.
Considero destacable la visión de
Reeves sobre la preocupación ecológica, especialmente en estos tiempos en los
que abunda el negacionismo de las evidencias científicas. Contempla al ser
humano como producto de la evolución biológica que puede desobedecer las
órdenes genéticas y aniquilarse a sí mismo; la naturaleza, llevada por su
estrategia de crear lo más complejo y lo más eficaz, ha puesto en el mundo una
especie que está en condiciones de exterminar la vida sobre la Tierra. Considera
al ser humano, al percibir tal amenaza, como la “conciencia” de la naturaleza. Señala que la ciencia, además de
conocimiento sobre cómo está hecho el mundo, facilita información que ilumina
nuestras decisiones morales.
De las disquisiciones de Reeves sobre
la religión y su relación con la ciencia me han hecho reflexionar especialmente su
visión crítica de la desmesurada confianza en el poder del pensamiento
conceptual y su concepción integradora de ciencia, arte y actividad religiosa
como reconstrucciones del mundo que ofrecen la posibilidad de incorporar en un
marco coherente los acontecimientos de la vida ante la necesidad de paliar la
angustia de la muerte. Para Reeves, con nuestro conocimiento científico, “Dios se sitúa en el nivel de las preguntas,
ya no en el de las certezas. Su lugar está en el viaje interior de cada uno de
nosotros“.
Una relectura siempre es un viaje
personal en el tiempo, un encuentro con tu yo del pasado. Se puede decir que en
los treinta años que median entre las dos lecturas de este libro, como el
cosmos, he “evolucionado”
incrementando la complejidad de mi vida. Posiblemente haya llegado la hora de
simplificar y, jugando con otro de los títulos de Reeves, embriagarse con lo
esencial.
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